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El chivo expiatorio del siglo XXI

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La creciente popularidad y empoderamiento de partidos de extrema derecha a lo largo y ancho del continente europeo tiene como origen inmediato los problemas derivados del deterioro económico mundial, la desafección política generalizada, la oleada masiva de inmigrantes y los conflictos sociales en torno a la idea de “identidad” cultural. Pero lo cierto es que su efectividad reside en la apología xenófoba reiterada antiinmigratoria, y en mayor medida, en la demonización del islam como cultura y colectivo, con el fin de crear un sentimiento de inseguridad en la población. Es por esto que resulta imposible negar que los inmigrantes se hayan convertido en el chivo expiatorio del s.XXI.

El populismo de extrema derecha se ha alimentado de la existencia de un antagonista, un enemigo de la democracia y la cultura europea occidental, con el cual ha creado un imaginario colectivo de inseguridad donde el estado de bienestar se encuentra en apuros. Los valores y la cultura exógenos chocan con la idiosincrasia europea y con la idea de la existencia de una identidad comunitaria homogénea occidental, lo cual ha derivado en la culturalización del conflicto, reduciéndolo a meros factores sociales, religiosos y culturales. Al mismo tiempo la globalización y el multiculturalismo imperante en el orden internacional han favorecido la proliferación de partidos xenófobos, ofreciendo una ventana de oportunidad para su inclusión en la arena de juego político y en la agenda setting.

La normalización de la retorica ofensiva forma parte de las campañas y discurso de grupos políticos como el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), cuyo ex líder Nigel Farage asoció la comunidad musulmana del país a la idea de un colectivo que “nos odia y quiere matarnos”. Otro ejemplo reside en Hungría, donde el primer ministro Viktor Orbán denominó a los refugiados como invasores musulmanes y cuyo eje de campaña se centró en políticas de antiinmigración, como el cierre de fronteras. El FPÖ en Austria, el Frente Nacional en Francia y Alternativa para Alemania (AfD) en el país germano, siguen patrones similares en cuanto a políticas antiinmigración centradas en el colectivo musulmán de la sociedad europea, al tiempo que ascienden puestos en la carrera hacia el poder.

Lo cierto es que el lenguaje da poder, permitiendo crear realidades, lo cual queda respaldado por Edward Said en su obra Occidentalismo. Su hipótesis principal sobrevuela la idea de la existencia de una percepción de un oriente peligroso e inferior frente a poniente, que es el resultado de un constructo social de occidente, el cual crea la dualidad entre el “nosotros” y el “ellos”. Las oleadas de terrorismo recientes, la incapacidad de integración de sectores sociales musulmanes, junto con el encarecimiento del estado de bienestar a causa de la recesión económica, hacen que estos discursos calen en una sociedad cuya principal preocupación hoy en día es la inmigración, según la Declaración de Bratislava. De acuerdo a los datos de Chatham House, esta herramienta política de movilización de masas basada en el odio y demonización hacia la inmigración cala de manera más profunda en perfiles con baja formación educativa, en menor medida en los sectores más jóvenes de la población y fundamentalmente en hombres.

Las expectativas a futuro estiman que un 20% de la población europea en 2050 será musulmana, lo que implica un crecimiento exponencial sin frenos, frente a una cultura occidental que ya ha juzgado a los inmigrantes, y concretamente a los musulmanes, a partir de sus prejuicios preestablecidos y acrecentados con los discursos populistas del espectro político de derechas. La insatisfacción de la ciudadanía con la democracia, el pensamiento generalizado de la pérdida de soberanía nacional frente a Organismos Internacionales y los problemas de naturaleza económica que se traducen en políticas de austeridad, han servido de caldo de cultivo para partidos como Derecha y Justicia (PiS) en Polonia o PVV en Holanda. La llegada masiva de inmigrantes, como consecuencia de conflictos armados en sus países de origen, la mayoría de naturaleza musulmana, ha servido de cabeza de turco para aquellas organizaciones de tintes xenófobos y racistas. El colectivo musulmán se ha visto demonizado, reducido a una connotación negativa basada en la generalización del grupo como terroristas, con poca predisposición a la integración dentro de la cultura europea.

No podemos conformarnos con una predicción del futuro tan determinista como la expuesta por Huntington, ni ver el mundo bajo las gafas de los prejuicios de la sociedad. La diferenciación y la creación de un antagonista no hace más que alejarnos del objetivo de la sociedad internacional, la integración y cooperación entre naciones. Y es por esto que resulta irracional buscar un único culpable de la situación de deterioro económico, social y cultural actual.

Carlota Terrado Herrero, alumna del Máster en Relaciones Internacionales del Instituto Universitario de Estudios Europeos.

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