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#MiPropuesta: ‘Una Política Migratoria para Europa’

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Uno de los temas más recurrentes de la política europea es sin ningún género de dudas la política de inmigración y asilo de la UE. Pese a la utilización política por parte de partidos de extrema derecha y xenófobos de la crisis de gestión de los flujos de refugiados que se acercaban a Europa, lo cierto es que la cuestión migratoria lleva tiempo en un lugar privilegiado de las agendas políticas comunitarias. Tanto es así, que no está de más recordar que la Política de Inmigración y Asilo Europea se comenzó a construir allá por el año 1999 en el Consejo Europeo de Tampere. Llevamos, pues, casi dos décadas de construcción de esta política que, a día de hoy, continua incompleta. Las razones de esta demora en el desarrollo de una política común en la materia no podemos sino encontrarlas en la ausencia de voluntad política de los Estados Miembros. Estos viven aferrados a sus joyas de la corona: la Política Exterior y la Política Interior. Y las políticas de inmigración y asilo beben de ambas fuentes. Frente a aquellos que plantean la necesidad de una mayor delegación de soberanía en estas materias planteando la muerte de Hegel y su idea de Estado, la realidad es terca y muestra cuán difícil es convencer a los detentadores del poder político estatal-nacional de las virtudes de la supranacionalidad de estas políticas.

El principal objetivo de la Política Común en Migración y Asilo queda recogido en los Tratados (art. 79 y 80 TFUE) y esencialmente plantea que “la Unión tiene como objetivo establecer un enfoque equilibrado para gestionar la inmigración legal y luchar contra la inmigración irregular”. Además, desde la puesta en marcha del Tratado de Lisboa “las políticas de inmigración se regirán por el principio de solidaridad y reparto equitativo de la responsabilidad entre los Estados Miembros, también en el aspecto financiero (art. 80 TFUE). Los principales avances en esta materia han sido los Programas Plurianuales de Tampere (1999), La Haya (2004) y Estocolmo (2009), el Enfoque Global de la Migración y la Movilidad (2011) y, más recientemente, la Agenda Europa de Migración (2015). En todos estos documentos quedan esbozadas las líneas de trabajo que la UE debería seguir en torno a cuatro pilares básicos: la reducción de la migración irregular, la gestión de las fronteras, elaboración de una política de asilo eficaz y refuerzo de las políticas relacionadas con la migración legal incluida su modernización, la revisión de la tarjeta azul y las políticas de integración.

Una mirada rápida a lo que hasta ahora se ha puesto en marcha nos permite llegar a varias conclusiones. A pesar de que no se pueden negar algunos avances en los procesos de convergencia e integración de las políticas de inmigración y asilo, éstas, casi en su totalidad, se limitan a aquellas que tienen que ver con la gestión y el control de fronteras. Ejemplos de lo anterior los encontramos en la política de visados o en la de control fronterizo. El resto de las áreas sobre las que opera la migración, tales como empleo, educación, sanidad, etc, han quedado a la discrecionalidad de los Estados de manera bien en exclusiva, bien como competencias compartidas entre los Estados y la UE. La parálisis a la que se ha llegado durante el proceso de revisión de los Reglamentos de Dublín, base de la política de asilo europea, es una muestra de las dificultades que entraña alcanzar acuerdos en la UE actual.

Y es en este contexto específico cuando tuvo lugar la crisis de gestión del refugio en el ámbito europeo. Una crisis que mostró las fragilidades y grietas de los principios sobre los que se había construido la Política Común de Inmigración y Asilo, y el resto del proceso de integración comunitario, la solidaridad, la cooperación, la confianza entre los Estados Miembros es esencial para avanzar en la supranacionalización de la UE. Y esta crisis ha dejado al descubierto otras debilidades que se encontraban ocultas tras los graves problemas económicos por los que atravesó la región desde 2008 y que se han reagrupado generando una intensa ola de pulsiones identitarias, xenófobas y eurófobas que cada vez cuenta con un mayor apoyo entre la ciudadanía, algo especialmente preocupante en un año de elecciones europeas.

Las alternativas que se plantean ante el implacable ascenso de fuerzas políticas iliberales y nacionalistas en países como Austria, Polonia, Hungría, Eslovaquia y, más recientemente, Italia, se limitan a parchear las vías de agua abiertas por esta clase política que limita de manera extrema la migración a las políticas de control de fronteras. Por su parte, el resto de grupos políticos no consiguen romper el marco discursivo anti-inmigratorio que crece a derecha e izquierda del espectro político. Y no sólo no lo rompen, sino que siguen la misma lógica con propuesta micro que no atacan a las raíces del problema. En lugar de promocionar planes sostenidos sobre alianzas intergubernamentales cuyo objetivo es la contención de los movimientos migratorios sin intentar dar solución a sus causas. Conflictos, guerras, hambrunas no son abordados con valentía desde la UE. Pero tampoco ha habido una reflexión profunda sobre el modelo económico que gobierna en la UE y que ha fomentado el progresivo desmantelamiento de los Estados sociales europeos. La combinación de ambos factores ha hecho que las llegadas de migrantes y refugiados sean percibidas por las poblaciones de acogida como “potenciales competidores” por los escasos recursos disponibles. Además, y como consecuencia de los repliegues identitarios y nacionales, la islamofobia se ha extendido a lo largo y ancho del continente sostenida sobre una percepción de amenaza alentada por partidos políticos que lo utilizan en su propio beneficio electoral.

Esta situación hace que el enfoque integral y estratégico sobre el que deberían diseñarse las políticas migratorias haya caído en el olvido. Ahora la política migratoria realmente existente en la UE está limitada al control de las fronteras y a la gestión de los flujos desde una perspectiva meramente securitaria lo que alimenta el discurso que se quiere combatir.

Es necesario, por tanto, dar un giro de 180º y regresar a los objetivos marcados por los Tratados de gestión de la migración legal y lucha contra la inmigración irregular, así como de la utilización de los recursos legales existentes, como el visado humanitario, que permitan respetar los valores europeos (art. 2 TUE) y operar de acuerdo al Derecho Internacional vigente en la UE en su conjunto.

Posted by Ruth Ferrero-Turrión. Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM y en la UC3M.

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